La doble mirada

Cuando un legislador habla ante el pleno [1] tiene por lo general bastante claro que no va a convencer a uno solo de sus colegas de votar en una dirección opuesta a la que pensaba seguir previamente. Por su parte, sus colegas no lo escuchan tampoco para ampliar su concepción del tema que se debate, a fin de votar con una opinión más formada: su interés, cuando lo hay, proviene de una fuente por completo diferente. No hay en realidad un parlamento, según el modelo, en el que los representantes del pueblo contrasten sus respectivas ideologías y puntos de vista; en el que definan en conjunto el rumbo que ha de seguir la nación. Eso no existe y tal vez tampoco haya existido jamás en ningún país del mundo, y no porque todos los políticos “sean iguales”, ni siquiera porque algo esté funcionando mal, sino simplemente porque el parlamento real es otra cosa, que funciona de un modo completamente diferente.

De modo similar, se entiende también que las elecciones no requieren de prácticas fraudulentas ni de tramas palaciegas para quitar la soberanía al pueblo y dársela a sus representantes votados, y el socialismo jamás necesitó tampoco ni de corrupción ni del enloquecimiento megalómano de nadie para no asemejarse en nada al socialismo. Dicho en resumen, el modelo no requiere ser traicionado para no realizarse: el hábito, el interés y el azar, lo mismo que la economía, la geografía o la técnica, siempre pondrán su parte en la formación de cualquier orden político real. Y no es difícil verlo —en cierto modo es evidente—, pero algo obstruye el camino entre nuestro juicio y dicha obviedad, haciendo que la olvidemos una y otra vez al investigar los hechos.

Dos representaciones

Me parece que el problema comienza con dos imágenes típicas de la política “del mundo real”, o de facto. Ambas parecen demasiado evidentes, casi todo el mundo las usa al referirse a esta clase de problemas. Sin embargo se contradicen entre sí.

Imagen 1. La maquinaria mal empleada

En la primera de estas imágenes, el régimen sería en esencia lo se supone que es, y el problema vendría de nosotros, los usuarios de esta maquinaria institucional, que en todo momento podemos elegir —y elegimos— si obedecer o no; si respetar la norma, romperla, emplearla a nuestro favor. De esa manera, el modelo ideal de cada sociedad estaría realizado materialmente en sus instituciones, y el motivo por el cual el socialismo no se comporta de manera socialista, o la democracia de manera democrática, sería una multitud de desacatos particulares a sus sistemas normativos. Desde esta perspectiva, la explicación de los males políticos sería la costumbre del desacato. Por ejemplo, que seamos ciudadanos pero sigamos comportándonos como clientes, que seamos ya dueños de los medios de producción pero sigamos comportándonos como esclavos del capital.

Imagen 2. La fachada institucional

De acuerdo con la segunda imagen, en cambio, la democracia y el socialismo no serían ya maquinarias mal utilizadas, sino la fachada que oculta la maquinaria real. Y la multitud de desacatos a la norma no serían ya, por tanto, un factor exógeno a la estructura fundamental del régimen, sino dicha realidad oculta; la norma real detrás de la norma ficticia, la realidad que no queremos ver o no quieren que sepamos. En esta segunda imagen, la responsabilidad por los males políticos recaería también en nosotros, pero ya no debido a nuestra insistencia en oponernos al modelo normativo formal, sino a la ingenuidad que nos hace seguir creyendo que este impere a pesar de las pruebas en contrario.

Por una parte, (1) la democracia y el socialismo como artefactos institucionales mal empleados, o que no pueden operar adecuadamente con semejante material humano. Por la otra, (2) la democracia y el socialismo como simples ilusiones, o propaganda —y propaganda bastante tonta en realidad, en la que sólo creen los demás—. Lo interesante es que las dos cosas son obvias; cualquiera se ha dado cuenta ya de ambas tal vez desde antes de salir de la secundaria, pero pocos han reparado en la contradicción. Como si fueran dos modos de decir lo mismo: dos formas distintas de una misma queja. Sin embargo estas imágenes difieren profundamente. En la primera, las instituciones son parte de la estructura real de la sociedad, mientras que el hábito de desobedecerlas sería superestructural. En la segunda, justo al revés, serían las instituciones las superestructurales, y la práctica nunca acorde con ellas, la realidad material oculta detrás de tal fachada ideológica. Cada una de estas imágenes, pues, es exactamente lo contrario de la otra.

Usos habituales

Uno se inclinaría por atribuir cada una de estas imágenes a cierto tipo de personas, de opiniones que hemos escuchado. La primera de ellas, por ejemplo, suele ser asociada con la derecha, la segunda con la izquierda. En ocasiones se les utiliza incluso como estereotipos de sus respectivas ingenuidades. Sin embargo, no es nada raro ver a derechistas urdiendo teorías del complot, ni tampoco a izquierdistas defendiendo los ideales cívicos como solución última a los males políticos. En realidad no se trata de posturas definidas, sino de imágenes que “habitan en el ambiente” y que distintas personas pueden utilizar para fines diferentes y en variados momentos. El gesto indignado contra nuestra idiosincrasia nacional suele emplear la primera imagen. También hace uso de ella la defensa de la educación como solución a los males de la patria; la comparación adolorida entre nuestras costumbres y las europeas, como clave para entender la diferencia entre su vida pública y la nuestra. Por su parte, la segunda imagen presta su narrativa más o menos inconsciente al realismo político, el escepticismo hacia los gobernantes, el descrédito a las instituciones, el cinismo. Pero también a la denuncia apasionada y el periodismo de investigación que, entre una filtración y otra, parece buscar, sin planteárselo conscientemente, este orden detrás del orden; esta realidad que “nos quieren ocultar”.

La doble mirada

Más grave aún, estas dos imágenes parecen haber penetrado tan hondamente en nuestra psique que no solamente empleamos en ocasiones la primera, en otras la segunda, sino que ambas están siempre presentes en nuestra experiencia de los hechos. Antes incluso de reflexionar en ellos.

Este fenómeno cognitivo puede reconocerse en un hecho trivial y conocido por todos: las mordidas que se dan a los policías de tránsito. En cada caso, ese tipo de soborno parece un desacato a cierto orden que de otro modo operaría normalmente, y que en este caso nos obligaría a pagar una infracción: la mordida sería experimentada entonces como una de las disfunciones de la maquinaria, causadas por factores exógenos a lo instituido formalmente para el caso que nos ocupa: es bastante obvio. Y es exactamente lo que diría al respecto la imagen 1. Sin embargo percibimos también, al mismo tiempo, que dar mordida es lo que el orden real exige en cada caso, y que pagar una infracción es, en la práctica, el castigo que se impone a quienes incumplen dicha obligación. Pagar una mordida es la ley de facto, en tanto lo que debe hacerse para evitarse problemas con la ley, y negarse a hacerlo sería entonces justa desobediencia al sistema. Ahora el soborno mencionado sería experimentado, pues, como el modo cotidiano de operar del orden real, y el reglamento de tránsito, como una mera fachada que le es funcional. Y eso es exactamente la imagen 2. Estas dos formas de representar la mordida corresponden a las dos imágenes que he mencionado, y obviamente se contradicen entre sí, pero operan sin embargo como obviedades simultáneas. Configuran nuestra experiencia de la mordida antes incluso de reflexionar en ella.

De la misma manera, vemos con perfecta claridad, por ejemplo, las elecciones, el INE, las votaciones en el Congreso, la relativa autonomía del Poder Legislativo con respecto al Ejecutivo. Vemos, como vemos el verde de las hojas de los árboles o el sol girando alrededor de la tierra inmóvil, el trabajo bueno o malo de estos mecanismos de representación popular; y vemos también, con esa misma nitidez, que todo es mentira, que no somos representados por medio de ningún mecanismo; que usted o el autor de estas líneas no definimos nada en realidad. Discutir cualquiera de las dos cosas parecería una necedad.

Así también, nos parece perfectamente justo que se realice una nota periodística sobre un caso en el que un candidato llevó “acarreados” a su cierre de campaña, exactamente como si eso fuera una noticia. Incluso nos parecería normal que se hiciera un escándalo en los noticieros de la televisión porque un funcionario de poca monta se robó 10% del presupuesto etiquetado para hacer un puente. No podemos dejar de percibir estos hechos, según la imagen 1, como desacatos al orden que nos indignan o sorprenden como si fueran anómalos; casos de interés para hablar o escribir sobre ellos, a pesar de que los sigamos percibiendo al mismo tiempo, según la imagen 2, como ejemplos triviales de las reglas del mundo como es realmente; hechos enteramente integrados al funcionamiento normal de la maquinaria del régimen, a pesar y detrás de la fachada de lo instituido.

Como podemos ver, estas dos imágenes que antes se nos presentaron como dos prejuicios algo bobos del sentido común, se nos aparecen ahora, en combinación, como la estructura de nuestra experiencia de los hechos. Una suerte de disonancia cognitiva que nos impide representarnos adecuadamente la relación cotidiana, de interioridad, y no siempre problemática, entre lo formal y lo informal.

Conclusiones

En la realidad, el orden tiene ciertas reglas que no siempre coinciden con las leyes que formalmente lo rigen ni con los principios morales que se le atribuyen, pero que son de todos modos sus reglas; reglas que además suelen coexistir de manera bastante pacífica con tales leyes, y que en muchas ocasiones ni siquiera las rompen, a pesar de estar completamente fuera del modelo de lo que se supone que es la vida institucional. Así sería por ejemplo la prohibición de “saltarse” a un superior o un cliente para ir a hablar con sus respectivos superiores sin su mediación; así también, la reciprocidad clientelar que dirige la urbanización y la construcción de consensos en las regiones populares de cada ciudad del país. Del mismo modo, la discriminación que los cuerpos policiacos deben realizar normalmente, en todo el mundo, entre delitos prioritarios y no prioritarios.[2]

Y nada de eso es realmente un factor externo al funcionamiento de la maquinaria institucional, sino parte integrante de ella; y tampoco es algo que “nos oculten”, pues lo conoce casi cualquier mayor de edad, al menos en términos generales. Y nada de eso convierte tampoco la maquinaria institucional en una mera fachada. No es difícil percibirlo. No es difícil, tampoco, volver a caer en ambos errores una y otra vez: le pasa a casi cualquier estudio académico sobre algún aspecto informal del orden público. Y lo que es verdaderamente difícil es representarse, en una imagen mental unitaria y coherente, la figura que forman en conjunto el sistema de normas y el orden de sus desacatos. Es decir, representarse un orden político cualquiera.

 

 

 

 

[1] El grueso de este artículo es un fragmento del ensayo que publiqué con el título “Imágenes del orden” en el libro colectivo Si persisten las molestias, coordinado por Fernando Escalante. (Cal y Arena, México, 2018.)

[2] “A la retórica de ‘la ley y el orden’ le vienen bien expresiones tajantes: todos, siempre, sin excepciones. Es una fantasía. En la práctica eso no sucede, no se persiguen ni se castigan todas las infracciones, y no puede suceder. En la definición de las estrategias policiacas, en la asignación de recursos, en las instrucciones concretas de operación de los cuerpos de policía y de las instituciones de procuración de justicia hay siempre un orden de prioridades, que implica la decisión de tolerar o no perseguir determinados delitos. […] Esto no es un hallazgo, ni resultado de la especulación, sino que está en los manuales de organización de la policía.” Fernando Escalante, El crimen como realidad y representación, El Colegio de México, México, 2012, p. 123.

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